Un baño de irrealidad.

Esta pintura es de la artista Greta Chicheri. Sobre un fondo de color azul cobalto aparecen la cabeza, las manos y los pies de una mujer. Da la impresión de que flota sobre la superficie del agua. Su cuerpo está sumergido en aparente calma y reposo.

El título de esta obra es Ofelia.

Y por supuesto, se inspira en el famoso cuadro del pintor inglés del siglo XIX John Everett Millais que lleva ese mismo título: Ofelia.

Es este que ves aquí.



Seguro que lo conoces o al menos lo has visto en alguna ocasión.

Es un cuadro impactante porque consigue mezclar en perfecta armonía dos conceptos opuestos: la belleza y la muerte.

Se podría decir que es el más bello cadáver jamás pintado en la historia del arte. 

O al menos unos de los más bellos.

Muerte y belleza no se suelen llevar bien.

La belleza nos atrae. La muerte nos repugna.

Atracción y repulsión son conceptos contrarios.

Este cuadro es la versión que el pintor alemán Frederick Heysser hizo unos cuantos años después del mismo tema. El tema es, obviamente, la muerte de Ofelia.

¿Quién fue esta mujer? ¿Cómo murió y por qué?


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Vamos a seguir con el vídeo de hoy.


Estábamos con la muerte de Ofelia. Esto no es un cuadro. Es un fotograma de la película del director danés Lars von Trier titulada Melancolía. Es de 2011. Evidentemente esta imagen se inspira en el cuadro de John Everett Millais. La mujer que aquí aparece no está muerta pero ha perdido las ganas de vivir. Melancolía era el nombre que los filósofos y médicos de la antigüedad daban a lo que ahora llamamos depresión: es decir, el estado de ánimo en el que una persona se deja morir.


Ofelia es un personaje de la célebre obra de teatro “Hamlet”, escrita por Shakespeare. En esta obra Ofelia está enamorada del príncipe Hamlet. A lo largo de la trama, la joven Ofelia incapaz de asumir los tristes hechos que se desarrollan a su alrededor se vuelve loca y muere ahogada en un lago. No queda claro si el trágico desenlace se produce accidentalmente o si en realidad ella decide dejarse morir.


La realidad nos dice que los cuerpos podrían flotar en el agua pero no pueden flotar en el aire. Naturalmente, los artistas juegan con la realidad. Para eso sirve el arte. 

Los artistas siempre trabajan creando mundos ficticios. A veces siguiendo o imitando fielmente la realidad. Pero en otras ocasiones deciden situarse claramente fuera de la realidad. Prefieren salir del mundo real y moverse en una realidad que está más allá. Deciden situarse al margen de la realidad. En ocasiones se sitúan por encima, como en un nivel superior, elevado y trascendente. Otras veces se sitúan por debajo, en un submundo tenebroso y siniestro.


En la realidad las cosas no flotan en el aire. O vuelan o están suspendidas colgando de una cuerda o de un hilo. También la vida del hombre pende de un hilo. Las cosas suben o bajan. 

Esto me recuerda a la famosa obra del artista contemporáneo Jeff Koons en la que aparece un balón de baloncesto suspendido en perfecto equilibrio dentro de una vitrina. El título de esta obra es precisamente ese: “Equilibrio”.

Es el mismo título que Salvador Dalí puso a este cuadro. Al pintor surrealista español le encantaba eso de poner cosas flotando en sus cuadros. Precisamente uno de los distintivos propios de las imágenes creadas por los artistas surrealistas es poner cosas flotando. Una patata, la cabeza de un cisne, la mano de una escultura, una rebanada de sandía…

El surrealismo permite poner a flotar cualquier cosa porque el artista surrealista se mueve en un mundo en el que las leyes de la naturaleza no cuentan.

En el mundo real la naturaleza tiene sus leyes. Nos gustaría poder hacer cosas sin que la naturaleza nos condicione y sin que nos pase la factura en forma de tristes consecuencias pero eso solo ocurre en los sueños.

En el mundo de los sueños es donde se sitúan las obras de arte surrealista y también muchas otras obras que son necesariamente surrealista sino simplemente obras de arte con un contenido simbólico, metafórico o metafísico.



Esta obra es del artista francés de origen argelino Kader Attia. Se titula “La escalera de Jacob”. Las escaleras sirven para subir o para bajar. Porque en la realidad para pasar de un nivel inferior a otro superior hace falta una escalera. También para pasar de un nivel superior a otro inferior. En el mundo del arte no hacen falta las escaleras porque puedes volar y flotar como hacen los fantasmas. Esta obra se titula “fantasmas”. Es también del artista Kader Attia. 


Los fantasmas no necesitan escaleras para subir o bajar. 


La escalera creada por Kader Attia en esta obra parece alzarse hacia el cielo dejando un rastro de luz. En realidad no es una escalera sino una imagen reflejada en un espejo en una serie infinita decreciente a partir de un recinto cuadrangular formado por cuatro estanterías que contienen una serie de libros. En el interior de ese recinto hay una especie de vitrina elevada. Está situada en el centro. Sobre ella se encuentra el espejo que produce la imagen de la escalera luminosa que asciende al cielo. Lo que tenemos en esta obra es una vez más el simbolismo de la escalera utilizado como metáfora del esfuerzo intelectual que el hombre debe llevar a cabo para alcanzar la sabiduría. 

La escalera es un símbolo del trabajo del artista. El artista trabaja con las manos pero sobre todo trabaja con la cabeza. Trabaja con ideas, conceptos y emociones. Claro que hay un arte exclusivamente formal y decorativo, pero la mayor parte del arte creado a lo largo de la historia es conceptual y emocional.



Esta obra es del artista Kader Attia. Será difícil para el visitante de la galería de arte recorrer esta sala en la que el piso está cubierto por completo de cristales rotos. El resultado es una poderosa imagen de la ruina y el desmoronamiento del mundo. 

Una metáfora perfecta sobre la situación del mundo en la que se ha perdido todo lo que daba sentido a las cosas. Todo lo que en otro tiempo sirvió de fundamento y sustento de la sociedad se ha derrumbado, se ha venido abajo, se ha desintegrado… de manera que ya la posibilidad misma de recomponerlo o de reparar el daño producido resulta implanteable.


Esta obra también es de Kader Attia. Se trata de una serie de imágenes religiosas en las que se representa a Jesucristo crucificado procedentes todas ellas de pueblos polinesios que fueron evangelizados por misioneros franceses. Las obras de este artista siempre tienen un complejo y profundo significado intelectual con la intención de hacer una crítica social a los valores occidentales que ha provocado muerte y destrucción en el mundo a lo largo de la historia.

Kader Attia afirma que el arte opera como un laboratorio donde es posible ensayar nuevas formas de individuación compartida y desplazar la mirada desde la estética superficial que promueve el capitalismo hacia una ética de la profundidad, indispensable para la convivencia.

Supongo que lo de “nuevas formas de individuación compartida” quiere decir que deberíamos crear una nueva cultura basada en unos nuevos valores. 

Esta obra es del artista contemporáneo español Carlos Aires.

Una serie de imágenes religiosas en escayola blanca procedentes de la iconografía cristiana aparecen cubiertas con máscaras sagradas de origen africano, budista o sintoísta.

Para entender los símbolos es necesaria una cultura que da valor y sentido a las cosas.

Compartir valores es la única manera de crear relaciones sociales que vayan más allá de los valores individuales.

El filósofo contemporáneo Slavoj Zizek ha publicado recientemente un libro titulado “El ateísmo cristiano”. 

Este pensador sostiene que durante los siglos XIX y XX hubo un combate a muerte entre el materialismo dialéctico y el cristianismo. Ateos contra creyentes.

A finales del siglo XX los intelectuales ateos dieron por muerto definitivamente al pensamiento religioso derivado de la fe cristiana. 

Parecía que en el orden social y en la cultura dominante se había eliminado definitivamente la idea de que existiera un Dios capaz de actuar en el mundo y comunicarse con los hombres. Pero resulta que el pensamiento cristiano no estaba muerto del todo. Zizek observa con sorpresa que en pleno siglo XXI persiste un resto de creyentes que continúan fieles a la Iglesia. 

Zizek quiere recuperar las viejas ideas del materialismo dialéctico: que la culpa de todos los males del mundo es de la Iglesia; que la Iglesia debe ser destruida asegurándonos de que está verdaderamente muerta y que el modo de conseguirlo no es atacarla desde fuera sino hacerlo desde dentro. 

O sea, las mismas ideas que defendían los marxistas a principios del siglo XX. Zizek intenta demostrar que las creencias de los católicos van contra la razón. 

Zizek se pregunta: Cuando Cristo agonizaba en la Cruz ¿sabía que después de morir resucitaría? Si lo sabía, entonces todo su sufrimiento era falso y su muerte una simulación. Y si no lo sabía, entonces no se puede decir que fuera algo más que un simple hombre.

La disyuntiva para los creyentes sería pensar que Jesucristo no era verdadero hombre o no era verdadero Dios. 

Esa disyuntiva planteada por Zizek ya fue planteada siglos atrás, en los primeros años de la Iglesia. Se discutió en los concilios de Nicea y Constantinopla. Los obispos y los teólogos cristianos eran conscientes de la dificultad de la razón para defender que Jesucristo era verdadero Dios y verdadero hombre a la vez. Creer algo tan increíble suponía un desafío a la razón. Aceptaron el desafío explicando que Jesucristo es una persona con dos naturalezas: Dios y hombre. Decir que una persona tenga dos naturalezas significa que tiene dos inteligencias –inteligencia humana e inteligencia divina– y dos voluntades –voluntad humana y voluntad divina–. Jesucristo con su inteligencia divina sabía que resucitaría; con su inteligencia humana tenía que confiar en que habría de resucitar. Con su voluntad divina deseaba morir en la cruz, con su voluntad humana tenía que hacer un esfuerzo real de obediencia a la voluntad de su Padre Dios.

Como hombre Jesucristo podía morir realmente. Como Dios no podía morir. La fe católica dice que Jesucristo es Dios hecho hombre. Dios se hizo hombre para poder morir por la salvación de los hombres. Dios da a los hombres el poder de resucitar. Dios promete la resurrección y la vida eterna para los que crean en Jesucristo. 


Por su parte, el nuevo materialismo dialéctico ya no promete el paraíso en la tierra que habían profetizado los marxistas de hace un siglo. El paraíso comunista no es posible en este mundo. La realidad histórica lo ha desmentido. A pesar de que algunos quieran seguir en la bañera de la irrealidad. Allá ellos.



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