Mengs, el pintor que engañó a los expertos.

Eso de que Anton Raphael Mengs fue un pintor mediocre… habría que discutirlo y lo vamos a hacer en este vídeo. Ahora bien, lo de que engañó a todos los grandes historiadores, expertos, entendidos y especialistas en arte de su época, eso nadie puede discutirlo. El pintor alemán Mengs lo hizo. Otra cosa es saber por qué lo hizo. También vamos a intentar averiguarlo en este vídeo.

Atento. 

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Vamos ya con el episodio de hoy.


El  año 1760 todos los historiadores del arte quedaron atónitos al contemplar el impresionante descubrimiento arqueológico que venía a confirmar de modo incontestable la sublime belleza y la armoniosa perfección alcanzada por los pintores de la antigüedad clásica. Todos los expertos y eruditos del arte que lograron ver la pieza recién descubierta, procedente de las excavaciones que se venían realizando desde hacía tiempo en la Villa Negroni, propiedad del cardenal Paulino Paulozzi, fueron unánimes en su veredicto: los antiguos artistas de Roma no solo habían desempeñado su maestría y su genialidad en la escultura y la arquitectura sino que también en la pintura habían dejado maravillosas obras de arte, aunque desgraciadamente muy pocas de ellas se habían conservado.

El fresco que después de siglos oculto acababa de ser rescatado del olvido era excepcional en todos los sentidos. Una pintura extraordinaria, excelente, imponente… un ejemplo perfecto de esa serena grandeza y de aquella solemne belleza que el idealizado realismo de los artistas griegos y romanos habían perseguido en su constante búsqueda de la perfección.

Las dos figuras presentes en esta obra eran: el dios Júpiter y el joven Ganímedes. Los relatos mitológicos de la antigua Grecia aseguraban que el rey del Olimpo –Júpiter– había raptado al joven troyano –Ganímedes– para que sirviera como copero en su palacio. En la escena representada Ganímedes está sirviendo una copa al rey de los dioses. En su mano derecha lleva la vasija que contenía el líquido precioso –la ambrosía– que los dioses y sus invitados bebían en los frecuentes banquetes que se celebraban en el Olimpo.

Resulta evidente que Júpiter se dispone a agradecer al muchacho el servicio prestado con un beso.

El fresco recién descubierto era una obra magnífica: incluso se podría decir que superaba en gracia y elegancia a los frescos de las villas de Herculano y Pompeya, que hasta entonces eran las muestras más destacadas que se conocían de la mejor pintura procedente de la antigua Roma.


De entre todos los estudiosos de la historia del arte que tuvieron el privilegio de ver el fresco, Johann Joachim Winckelmann fue el más entusiasta a la hora de elogiar su inigualable calidad artística. El gran maestro y pensador había quedado deslumbrado ante la obra recién descubierta.

Winckelmann era el más prestigioso arqueólogo e historiador del arte de aquella época. Había escrito ya varias publicaciones estableciendo su visión del mundo antiguo según la cual las obras de arte del período clásico de la antigua Grecia suponían la cumbre insuperable del arte. De hecho fue Winckelmann quién estableció la teoría de que los valores clásicos del arte griego de aquel período comprendido entre la etapa arcaica y la decadencia helenística eran valores universales que los romanos copiarían y los artistas del Renacimiento imitarían en el siglo XVI. Winckelmann defendía que esos valores se habían perdido durante los siglos del barroco y ahora debían ser recuperados de nuevo por el bien del arte iniciando una nueva etapa en la historia: el neoclasicismo.

En ese objetivo –recuperar para el arte la armonía, la proporción, el orden, el equilibrio, la gracia, la elegancia, el decoro y el buen gusto– uno de los pintores que más se había implicado era Anton Raphael Mengs. Y no solo con su trabajo como pintor sino también mediante la publicación de escritos teóricos defendiendo filosóficamente –como un buen alumno– esas ideas del profesor Winckelmann.

Porque Mengs y Winckelmann no solo habían coincidido en Roma en los años anteriores a 1760 sino que se conocían, habían colaborado profesionalmente y eran buenos amigos. Winckelmann solía ir a comer a la casa de Mengs –a comer y a beber–, y le gustaba jugar con los hijos del pintor.

Pero esa amistad se rompió abruptamente poco después de que apareciera el fresco de Júpiter y Ganímedes. Fue hacia 1764. ¿Qué es lo que ocurrió?

Veamos.  Esa obra aparecida en 1760 venía a confirmar las teorías de Winckelmann. El profesor escribió inmediatamente en sus publicaciones unas entusiastas alabanzas de esa pieza recién rescatada. 

Lo que se sabía de esa obra era que había pertenecido a un noble francés –erudito y coleccionista– que había residido en Roma casi toda su vida. El fresco había llegado a sus manos de algún modo irregular después de haber sido arrancado de alguna de las estancias de la Villa Negroni. Debió haber sufrido bastante en esa operación pues se apreciaba que la obra había sido restaurada recomponiendo diferentes fragmentos. De hecho, la pieza estaba muy deteriorada pero la belleza y perfección de las figuras representadas permanecían intactas. Se dijo que el caballero francés amante del arte antiguo había pagado sus deudas con la casera que le hospedaba donando la obra que ahora había salido a la luz. La mujer trató de vender la pieza en el mercado de antigüedades y alguno de los que pudieron ver la obra acudió a Mengs para que la restaurara.

Toda esa historia, naturalmente, se la inventó Mengs para dar verosimilitud a la supuesta pintura antigua con datos objetivos que avalaran su procedencia. Era todo mentira porque la pintura la había realizado el propio Mengs para engañar a su gran amigo Winckelmann.

Y lo logró de modo perfecto.

Winckelmann se tragó el engaño sin dudar lo más mínimo y de modo inmediato. Ni siquiera cuando el resto de los estudiosos del arte antiguo empezaron a manifestar sus dudas acerca de la autenticidad de la obra el gran erudito se planteó la posibilidad de que ese fresco pudiera ser obra de un hábil falsificador.

La polémica continuó durante años. Mengs no dijo nada que pudiera dar alguna pista sobre su implicación en el asunto. 

Entonces, ¿por qué se rompió la amistad entre el pintor y el profesor en 1764?

No es fácil saberlo pero te doy unos cuantos datos.

Winckelmann murió el año 1768 en la ciudad de Trieste asesinado una noche a cuchilladas en el hostal donde se alojaba. Habían pasado ocho años desde la aparición del fresco. Durante todo ese tiempo, el prestigioso profesor había seguido manteniendo su convicción absoluta sabre la autenticidad de la pieza. Por su parte Mengs solo reconoció ser el autor del fresco en 1779 poco antes de morir. Se lo confesó a su hermana en el lecho de muerte y lo escribió en su testamento.

El motivo por el que en 1764 la relación entre ambos personajes se convirtió en enemistad se debió a varios desencuentros. Winckelmann había manifestado algunas críticas a las obras que Mengs había realizado en la corte del rey de España. Al mismo tiempo había empezado a alabar a otros pintores contemporáneos de Mengs que trabajaban en Roma y había empezado a colaborar con ellos, de manera que Mengs se sintió desplazado, traicionado y minusvalorado como artista.

Se supone que la intención de Mengs en 1760 debió ser simplemente gastarle una broma a su amigo. En principio se trataba de una broma inocente pero en el fondo era bastante cruel, pues el hecho de engañar a un experto suponía una humillación y un desprestigio para aquel que había caído en el engaño.

Seguramente deberíamos suponer que tal vez la intención añadida de Mengs en aquella broma era el reto de demostrar al mundo su maestría como pintor. 

Lo que pasó después y la verdad última de todo este caso seguramente nunca lleguemos a saberlo con certeza. Haría falta una investigación policial.

Este retrato de Johann Joachin Winckelmann es obra de Anton Raphael Mengs. Podemos captar un cierto recelo o desconfianza en su mirada. No nos mira de frente sino un poco de soslayo. Pero lo más curioso de este retrato es que Mengs lo pintó en 1777, es decir cuando Winckelmann ya había muerto.

Este dibujo es un autorretrato de Mengs hecho cuando apenas tenía 12 años. 

Y esta magnífica pintura también es un autorretrato. Aquí a la edad de 16 años. Nadie puede decir viendo estas obras que Mengs fue un pintor mediocre. Más bien se podría intuir que se trataba de un verdadero niño prodigio destinado a ser un genio de la pintura.

Mengs fue un gran pintor.

Tal vez en sus grandes composiciones en las que varios personajes se desenvuelven en escenas de tema mitológico o religioso el resultado pueda ser tachado de excesivamente frío, rígido y poco natural. 

Tal vez demasiado ordenado y equilibrado. Tal vez excesivamente simple e idealizado. Digamos soso, sin fuerza, anodino y sin vida.

Tal vez en algunas de sus obras fue demasiado hiperrealista hasta llegar a extremos de virtuosismo relamido y empalagoso.

Tal vez al pintar algunos personajes –como los ángeles que aparecen ahí arriba o el pastor situado en primer término a la derecha– se pasó un poco convirtiéndolos en contorsionistas de circo. 

En cualquier caso, nadie puede negar que Mengs merece un puesto de honor entre los pintores de su época. De hecho, en vida alcanzó fama, honor y gloria convirtiéndose en uno de los artistas más solicitados en las cortes de Europa. Después, parece que los historiadores del arte le adjudicaron un puesto de segunda fila. Esto ocurrió porque en la historia del arte tanto los pintores románticos como los pintores realistas les ganaron la partida a los pintores que –como Mengs– se mantuvieron fieles a los principios del neoclasicismo.


Algunos han querido ver en el hecho de que Winckelmann fuera homosexual un dato relevante en toda esta historia. De hecho, la escena pintada por Mengs nos ofrece una imagen que podría alimentar las teorías sobre el homerotismo como una tendencia habitual en el arte clásico. Me parece que será imposible saber con seguridad si el hecho de que Winckelmann fuera homosexual tuvo algo que ver en su muerte, en su ruptura con Mengs, en su pasión por el arte clásico, o en el origen de la falsificación del fresco de Júpiter y Ganímedes…

Júpiter no era homosexual. Era un depredador sexual que para satisfacer su instinto aprovechaba su poder y su situación de dominio para raptar y viloar a cualquier mujer, ninfa, diosa o semidiosa que se encontrara por ahí. Era un obseso y un maníaco que para satisfacer su instinto acabaría buscando cualquier cosa que se moviera –también hombres especialmente jóvenes y niños– o incluso un agujero en un árbol. Júpiter era un ejemplo de esa aberración e irracionalidad a la que todo hombre que renuncia a seguir las leyes de la naturaleza se ve arrastrado. Júpiter es un abusador que se aprovecha de su fuerza para seducir, manipular y someter a su servicio a los que se encuentren a su alcance.


De todo esto hay abundantes muestras en la historia del arte. 


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